Columpio de mono
La tienda de música.
Antes de agarrar la guitarra lo anticipa. El vendedor le habla con gestos, miradas altas, cambiando y volviendo al tema, forzando elegancia. Entre las palabras al aire dice el nombre del cliente. Hace años se conocen y cada semana cumplen con recordarse, evocando modelos, cápsulas, comparando países, iluminando a un pasado que se pierde entre las generaciones.
Luego de ese momento, entro y pienso como un tercero: no hay magia en la tienda de música, sólo gente que parece necesitarse y fetiches que siguen sonando. Me sorprende pensarlo, aún cuando recién jugaba a cambiar datos en la tienda de al lado. Honestamente, me falta poco para sacar la residencia. De hecho, los que la tienen y venden se burlan de mi. Dos y medio, me dicen.
Antes de agarrar la guitarra lo anticipa. El vendedor le habla con gestos, miradas altas, cambiando y volviendo al tema, forzando elegancia. Entre las palabras al aire dice el nombre del cliente. Hace años se conocen y cada semana cumplen con recordarse, evocando modelos, cápsulas, comparando países, iluminando a un pasado que se pierde entre las generaciones.
Luego de ese momento, entro y pienso como un tercero: no hay magia en la tienda de música, sólo gente que parece necesitarse y fetiches que siguen sonando. Me sorprende pensarlo, aún cuando recién jugaba a cambiar datos en la tienda de al lado. Honestamente, me falta poco para sacar la residencia. De hecho, los que la tienen y venden se burlan de mi. Dos y medio, me dicen.


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